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Una nueva pasarela que cambió el rumbo de la moda: Giorgio Armani y American Gigolo

En American Gigolo (Paul Schrader, 1980), Giorgio Armani encontró en el cine el escenario perfecto para presentar una nueva idea de elegancia masculina

MF
Marisa Felices
15 ago 2026

Marisa Felices

Es una obviedad que el vestuario de época es, por norma general, objeto de todas las miradas por parte de la industria y el público en general. La ruptura con la estética actual o la ensoñación que nos transmite podrían ser dos razones perfectamente válidas para que siempre se cuele entre las listas de los mejores diseño de vestuario. Sin embargo, hay películas contemporáneas cuyo vestuario traspasa la pantalla gritando: “¡Dios mío, tienes que empezar a vestir así!”

Una de ellas es, sin duda, American Gigolo (Paul Schrader, 1980). La historia sigue la vida de Julian Kaye, un escort que vive en Los Ángeles y trabaja para mujeres adineradas. Interpretado por Richard Gere, el director entendió que la apariencia de Kaye formaba parte de sus servicios y le dio al vestuario un papel central en la narrativa. Justo aquí, aparece uno de los nombres que representan la elegancia sublime en la historia de la moda: Giorgio Armani se encargó de vestir esta historia.

En aquel momento, Armani todavía estaba lejos de ser el nombre global que acabaría convirtiéndose en sinónimo de elegancia italiana. Había fundado su propia firma en 1975 junto a Sergio Galeotti y apenas comenzaba a desarrollar una nueva concepción de la sastrería masculina. American Gigolo sería su primera gran conexión con Hollywood y, casi sin pretenderlo, una de las colaboraciones entre moda y cine más influyentes de finales del siglo XX. Vogue ha llegado a describirla como el inicio de la primera relación moderna entre un diseñador y Hollywood.

Lo curioso es que la historia comenzó incluso antes de Richard Gere. John Travolta había sido inicialmente elegido para interpretar a Julian Kaye y fue su representante quien sugirió a Armani para el vestuario. Schrader viajó a Milán y conoció allí el trabajo del diseñador. Travolta abandonó finalmente el proyecto y Gere ocupó su lugar, pero la ropa permaneció. Cómo explicaría años después el propio Schrader, únicamente hubo que adaptar las prendas al nuevo actor. Y quizá aquella sustitución fue decisiva. Porque resulta difícil imaginar American Gigolo sin Richard Gere dentro de aquellos trajes.

El traje como segunda piel

Cada prenda y cada accesorio que va apareciendo en pantalla atrapan al espectador desde los primeros minutos. De hecho, Julian Kaye no necesita que su ropa grite que es cara. Al contrario. Su vestuario se construye a partir de una elegancia contenida: trajes de silueta relajada, abrigos, camisas, pantalones de cintura alta, tonos beige, gris, crema y greige. Las prendas parecen sencillas, pero cada una de ellas participa en la construcción de una imagen extremadamente precisa.

Y aquí viene una de las revoluciones más extraordinarias de su creador. Armani estaba cuestionando, precisamente entonces, la idea tradicional del traje masculino. Frente a la sastrería rígida que había dominado buena parte del siglo XX, el diseñador introdujo una construcción más suave, hombros menos estructurados, tejidos ligeros y una relación mucho más fluida entre la prenda y el cuerpo. Su revolución no consistía en hacer que el hombre pareciera más poderoso porque su traje fuera más grande o más rígido, sino porque podía moverse dentro de él con naturalidad.

El resultado era una nueva estética para el armario masculino. Vogue ha señalado cómo la paleta de grises, beige y tonos apagados de Armani acabaría definiendo buena parte de la estética de la década, mientras que su sastrería suave contrastaba con otras tendencias más estructuradas que dominarían los años ochenta.

Vestirse para ser visto

Hay una escena que resume perfectamente la relación entre Julian y su ropa. Frente a su armario, el personaje selecciona cuidadosamente qué va a ponerse. Camisas, pantalones, chaquetas y accesorios aparecen organizados ante él mientras construye la imagen que llevará esa noche. No estamos viendo simplemente a un hombre eligiendo un traje. Estamos viendo a alguien construyendo un personaje. Julian sabe que su trabajo depende de cómo lo perciben los demás. Su ropa es parte de la experiencia que vende y, por tanto, debe adaptarse al lugar, a la mujer y a la situación.

Paul Schrader lo entendió desde el principio. Años después explicaría que para él "the clothes and the character were the same". La frase resulta especialmente reveladora porque convierte el vestuario en algo inseparable de la psicología del protagonista. Julian no se pone un traje. Julian se convierte en el hombre que ese traje necesita.

Richard Gere dentro de Armani

La elección de Richard Gere terminó haciendo todavía más poderosa aquella relación entre cuerpo y vestuario. Gere no era todavía la estrella que llegaría a ser y American Gigolo contribuiría enormemente a construir su imagen pública. La cámara encuentra en él exactamente lo que Armani necesitaba: un cuerpo atlético, una belleza convencionalmente masculina y, al mismo tiempo, una cierta fragilidad que impide que la ropa parezca una armadura. El traje no transforma a Gere en Julian. Lo termina de revelar. Y ahí reside buena parte de la sensualidad de la película. Las chaquetas se mueven con él. Las camisas se abren. Los pantalones caen sobre el cuerpo sin constreñirlo. Los abrigos prolongan su silueta. La ropa no parece colocada sobre el actor, sino diseñada alrededor de su manera de caminar y de moverse. Es una idea que parece sencilla, pero que cambiaría para siempre la relación entre Hollywood y la moda.

Cuando una película cambia la moda

La influencia de American Gigolo no se quedó dentro de la pantalla. La película convirtió a Armani en un nombre conocido internacionalmente y ayudó a popularizar una nueva concepción de la elegancia masculina. El diseñador pasó de ser una figura emergente de la moda italiana a convertirse rápidamente en uno de los nombres asociados al nuevo Hollywood. La imagen de Richard Gere vestido de Armani se convirtió en una especie de manifiesto visual. El traje podía ser sensual. Podía ser relajado. Podía ser sofisticado sin resultar ostentoso. Y podía convertir al hombre que lo llevaba en objeto de deseo.

La repercusión fue tan grande que la propia moda masculina empezó a mirar de otra manera la relación entre estructura y cuerpo. Vogue ha señalado que los hombres de la época llegaron a querer abandonar los pantalones excesivamente acampanados y los grandes cuellos en favor de una silueta mucho más depurada, influida por el vestuario de Gere. Armani no estaba simplemente reflejando el cambio. Estaba ayudando a provocarlo.

El lujo de no parecerlo

Quizá por eso American Gigolo sigue resultando tan contemporánea. Su vestuario no depende de tendencias evidentes. No necesita logos, estampados llamativos ni una acumulación de elementos para demostrar su valor. Su lujo está en otra parte. En la caída de una tela. En la proporción de una chaqueta. En la elección de un tono. En la distancia exacta entre una camisa y el cuello. En cómo una prenda acompaña al cuerpo sin intentar dominarlo.

Es una estética que hoy reconocemos fácilmente en conceptos como el lujo silencioso, aunque sería un error trasladar directamente esa etiqueta contemporánea a 1980. Lo que Armani estaba haciendo entonces era algo más profundo: estaba eliminando todo aquello que consideraba innecesario para demostrar que una prenda podía resultar extraordinariamente sofisticada precisamente cuando parecía sencilla.

Armani sería, durante décadas, ese diseñador que respondía al exceso con contención. Y American Gigolo fue una de las primeras veces en que esa filosofía pudo contemplarse en movimiento. El vestuario que no parece vestuario es, quizás, la principal razón por la que esta película merece ocupar un lugar destacado en la historia del vestuario cinematográfico. No hay corsés. No hay vestidos de época. No hay reconstrucciones históricas. No hay una transformación evidente del personaje mediante la ropa. Hay algo mucho más difícil: hacer que la ropa parezca inevitable. De hecho, parece que Julian Kaye no podría existir de otra manera. El traje no es un elemento añadido a la interpretación, sino una prolongación del personaje. El vestuario de American Gigolo no nos dice solamente quién es Julian. Nos dice quién quiere parecer. Y, quizá más importante todavía, nos hace preguntarnos cuánto de esa apariencia termina convirtiéndose en realidad. Porque Julian vende una versión de sí mismo. Armani construye esa versión. Y Richard Gere la convierte en una imagen que el público no olvidará.

Antes de que Hollywood vistiera a Armani, Armani vistió a Hollywood

Después de American Gigolo, la relación de Armani con el cine no hizo más que crecer. El diseñador terminaría participando, de distintas maneras, en centenares de producciones y vestiría a personajes de películas tan diferentes como The Untouchables (Brian De Palma, 1987), Goodfellas (Martin Scorsese, 1990), The Bodyguard (Mick Jackson, 1992) o The Dark Knight (Christopher Nolan, 2008).

Pero ninguna de ellas tendría exactamente el mismo significado. Porque American Gigolo fue el comienzo. Fue el momento en que una firma de moda todavía joven descubrió que una película podía ser algo más que un escaparate. Podía convertirse en una extensión de su lenguaje. Y el cine descubrió, a su vez, que un diseñador podía hacer algo más que proporcionar ropa a sus actores: podía ayudar a definir cómo un personaje debía ser percibido, deseado y recordado.

En 1980, Giorgio Armani no vistió simplemente a Richard Gere. Vistió una nueva idea del hombre. Y quizá por eso, más de cuatro décadas después, seguimos mirando aquel armario, aquellos trajes y aquella silueta con la misma fascinación. Porque, citando literalmente las palabras de su creador, los tontos no son nunca elegantes y Armani ha demostrado con su carrera ser uno de los reyes de la inteligencia tejida.

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